Autobiografía de Lorenzo Mediano
Una autobiografía es como un bikini: lo que muestra es importante, pero oculta lo esencial.
Por suerte o por desgracia, tengo mucho esencial que ocultar, porque mi vida es y ha sido extremadamente intensa y poco común. Hay muchas vivencias que solo contaré cuando esté a punto de morirme (o, en su defecto, de darme el Alzheimer).
De momento, garantizo que todo en esta autobiografía es cierto. Pero debo advertir que faltarán campos de la vida enteros: Sexualidad y afectividad, espiritualidad y creencias, y aquellos hechos en los que aparezcan otras personas, en especial si es de forma desfavorable o íntima. Como es una autobiografía abreviada, porque no tengo ganas de escribir cien folios, vamos allá: Nazco en Zaragoza, 23 de mayo de 1959, familia de clase media, conservadora. Soy el mayor de tres hermanos, aunque tengo otros dos hermanos de un matrimonio anterior de mi padre viudo. Una infancia feliz, de hecho no tengo memoria de broncas familiares ni de castigos. Era un chico bueno y estudioso. He tenido la suerte de tener a mi madre, Asunción, y a Emilia, la tata que me crió.
Escribo mi primer cuento una tarde de lluvia, sobre una mesa camilla, a los cinco años. Mi familia se rió mucho.
Estudio en el Colegio La Salle, y me creo todo lo que me cuentan allí. Además, me encanta leer libros, de todo tipo: los infantiles como las aventuras de Guillermo, los Cinco y el Coyote; pero también los más serios, gracias a una colección en la que alternan dibujos y textos. A los catorce años, descubro la Ilíada y la Odisea, que junto al Quijote, Salgari y Dumas me influencian mucho literariamente. Leo de todo, incluyendo a Freud, Jung, Adler y otros psicoanalistas, que estudio de cabo a rabo. A los dieciséis años, aprendo a hipnotizar a mis compañeros de clase. Una de mis travesuras favoritas: hacerles jugar al fútbol sin balón, creyendo que existe. Era divertido.
A los diecisiete, descubro la rebeldía y la naturaleza. Pelo largo, amor libre, música de Pink Floyd. Me acerco al anarquismo y me apunto a la Cruz Roja. Hago mis primeros pinitos de supervivencia en el campo, con el sueño de vivir de forma independiente de la sociedad. Un par de meses trabajo como socorrista en una piscina. Me lo paso
pensando y filosofando. El siguiente verano, decido irme a la aventura. Paso tres meses con un amigo, un saco de arroz y lo que pillo, en Obón, un pueblecito perdido de Teruel. El amigo se vuelve, antes de que me lo pudiera comer, y regreso a Zaragoza.
Comienzo a estudiar Medicina, porque creo que me vendrá bien en una vida que proyecto
aventurera. También salgo a hacer supervivencia por los montes siempre que puedo. A veces trabajo fregando platos y repartiendo guías telefónicas.
Antes de cumplir los veinte años, me voy a vivir al Pirineo con Virginia, una médico siete años mayor que yo. Continúo estudiando la carrera a distancia y la alterno con cursillos de medicina naturista.
En la montaña pruebo distintos trabajos: masajista, recolector y vendedor de plantas medicinales, campesino; y aprovecho para iniciarme en albañilería, fontanería, electricidad... A los veintiún años, pongo un anuncio en la revista Integral, ofreciéndome a enseñar técnicas de supervivencia y, para mi sorpresa, contestan más de cien personas que están interesadas. Durante quince años me dedico a impartir estos cursos, convirtiéndose en mi principal fuente de ingresos.
Los cursos duraban catorce días y, poco a poco, los alumnos iban aprendiendo nociones de botánica, topografía, primeros auxilios naturales... Los dos últimos días se realizaban pruebas en las que tenían que coser un botón, (fabricando el botón, la aguja y el hilo), encontrar plantas medicinales, conservar carne, purificar agua, destilar orina, sobrevivir sin comida, etc. A veces, tras la fatiga, en las noches junto al fuego, tenían lugar momentos literarios, íntimos e incluso de humor. Un verano, surgió de entre los participantes la letra de esta canción, que ilustra bastante bien las características del curso básico:
Música de ¡Oh, Susana!
Saltamontes, no saltes ante mí,
que te cogeré, te escacharé,
a la cazuela te echaré (bis).
Eran aquellos unos chicos
que quisieron sobrevivir,
érase un tal Lorenzo
que aquí los hizo venir.
Caminaron largas marchas
y sudaron bajo el sol,
el hacer topografía
a todos locos volvió.
Saltamontes...
Los pobres chicos temían
con motivo el nocturno,
por enormes precipicios
se cayeron de uno en uno.
Cuando el tiempo ya pasaba
el hambre siempre crecía
chupando juncos y hormigas
las tripas enloquecían.
Saltamontes...
Aquel pan hecho de piedras
todos con ansia comían,
el viernes de madrugada
los estómagos rugían.
Cuando el cielo clareaba
las moscas con gran amor
por las narices andaban
molestando con pasión.Saltamontes...
(Lento) Lluvia, lluvia, danzando yo te vi.
Cuando las nubes se abrían
otra vez sobrevivir
Otra vez so - bre -vi - viirr.
Quienes deseaban perfeccionarse, me acompañaban en un curso superior muy entretenido: atravesábamos el desierto de los Monegros sin agua ni comida, cruzábamos pantanos de noche, saltábamos de un coche en marcha, salíamos del fondo de una poza con una piedra atada al cuello, atravesábamos fuegos,
realizábamos escaladas nocturnas, flotábamos en el mar hasta desmayarnos, y nos cosíamos la piel sin anestesia. Eran veinte días inolvidables. Durante el invierno, también dedicábamos un fin de semana para aprender a hacer iglúes.
Los cursos me dejaban tiempo para otras actividades: construir una casita en un apartado valle del Pirineo, tener un par de hijos: David y Diana, e ir acabando medicina. También practicaba el yoga y ciertas técnicas de meditación.
A los veinticuatro años, en 1983, escribo mi primer libro, titulado Supervivencia en la naturaleza. Me lo publica la editorial Integral y se venden 60.000 ejemplares, lo que no está nada mal; pero no me hago rico, el tipo de contrato no me lo permite. Después me encargan Vivir en el campo, una guía para los que quieren vivir en el campo, sin abandonar del todo la sociedad.
Y, por esta época, escribo un manual de técnicas de supervivencia en caso de guerra nuclear. Figura con seudónimo, porque, al investigar, me encontré con algunas sorpresillas políticas, digamos... “importantes”.
Entre 1988 y 1989, me contrata una conocida empresa de té, para organizar unas actividades, que yo llamo “multiaventuras”, un concepto que, por cierto, es idea mía. Los participantes se lo pasan estupendamente: caballos a
galope, helicópteros, puentes himalayos...
Durante varios años, investigo en artes marciales y trato de poner mis conocimientos al servicio de una buena causa. Publico, junto con mi mujer, Defensa personal para mujeres, muy interesante, pero un fracaso en ventas.
Me pica el gusanillo literario, animado por los que escuchan mis relatos orales en los cursos, pero ninguna editorial se anima a publicar mis “maravillosas” obras de ficción. En un arranque de enojo, también con seudónimo, escribo una novela erótica bastante fuertecilla, que me publica la editorial Martínez Roca, con el título de Las llaves de mi placer (1993).
Una lesión en el tobillo me impide seguir atravesando desiertos y montes. Me compro un barco grande de vela, para llevar a gente de paseo por el mar (ya tenía el título de patrón de yate); pero el proyecto fracasa, porque todo lo relacionado con veleros resulta carísimo.
Me dedico a hacer alguna sustitución, como médico, y, durante un par de años gano dinero con la especulación inmobiliaria, pero aunque tengo éxito, la jungla económica es muy fea, comparada con la natural y abandono pronto terrenos tan desagradables, aunque productivos.
Descubro el Esperanto, idioma maravilloso, con una filosofía fascinante, y viajo por Europa con una mochila y una moneda, que me indica la dirección a seguir. En cada lugar encuentro personas que creen en la especie humana, me acogen y me ofrecen su amistad. Algún día escribiré la historia de estos viajes, que me llevaron hasta la frontera de Bosnia, en plena guerra.
A los treinta y siete años, ya viviendo en Zaragoza, me decido por la literatura y me preparo para ello. De repente, un divorcio, después de diecinueve años, empeora la situación económica y afectiva. Por fin, una pequeña editorial local, Zócalo Editorial (ahora Onagro), me publica una primera novela, de tema aragonés: La escarcha sobre los hombros (1998). La crítica, ni la menciona, pero al público, parece que le encanta.
Ese verano de 1998, mi vida da un giro maravilloso: Conozco a Pilar Martínez, maestra, madre de
tres hijos, y, debo decirlo aquí, una poeta excelente, que me anima a seguir escribiendo. Nos enamoramos, nos emparejamos... Su hija pequeña, María, se convierte, afectivamente, también, en mi hija.
Es la época de las tertulias literarias, de relacionarnos con amigos escritores, de acercarme a la vida social y cultural de Zaragoza...
Con Zócalo, sigo publicando: Cuentos de amor imposible y Los olvidados de Filipinas. Se reedita La escarcha sobre los hombros, casi cada año, un éxito local importante. Pero la necesidad económica me lleva a replantearme volver a la medicina, y a escribir libros técnicos para una empresa farmaceútica. Casi me había dado por vencido y ya me había buscado un pueblito en el norte de Portugal para trabajar de médico, cuando Grijalbo acepta El secreto de la diosa (2003), una obra compleja sobre la prehistoria, que llevaba escribiendo unos diez años.
Poco después, se publica Tras la huella del hombre rojo (2005), tengo preparada una tercera novela, también de tema prehistórico. De momento, aunque sin lujos, puedo sobrevivir con la literatura. Tengo un montón de ideas para nuevos libros, ambientados en distintas épocas y de toda clase, desde la intriga al humor, pasando por la policiaca y de acción... Con frecuencia, doy charlas y conferencias, que gestionan el Servicio municipal de Bibliotecas, la Asociación Aragonesa de Escritores o el programa de animación a la lectura de la DGA; participando en encuentros con el autor, lo que me permite establecer un contacto directo con mis lectores y ponerles cara. Disfruto mucho en las ferias del libro, cuando vienen a comentarme las novelas.
Me apasiona escribir, crear historias que imagino cuando monto a Ilíada, mi yegua, por los pinares y desiertos que rodean Zaragoza. Me sigue gustando la naturaleza y el deporte. Ahora practico el tiro al arco instintivo, aunque también hago mis escarceos en otros deportes de acción y naturaleza.
Vivo feliz y hago lo que me gusta . ¿Se puede pedir más?.



